sábado, 29 de octubre de 2011

Lágrimas en la lluvia


Lágrimas en la lluvia


  (Dicen que un Clavel alumbrado por su sol sangra 
   ¡pero no se marchita!.
   También que un Dragón que ha sido amado jamás olvida.
   ¡jamás!)


Desterrado en la alta montaña,
muy lejos del sol mediterráneo,
bajo el gris firmamento de la tormenta, 
azotado por la galerna fría,
acomete la cumbre,
un Clavel rebelde, Dragón ardiente.

Justo en lo álgido de la pendiente,
en lo más intrincado del sendero,
su vaho se licua con la lluvia, 
se hiela por la ventisca.
Tornado en sal, su esencia le remembra 
el sabor y olor del mar de las enaguas.
Clavel excitado, Dragón seducido.


Lo fulminan, entonces, recuerdos,
relámpagos de instantes eternos.
Besos de mariposa;
el vientre de costado;
resplandores en el centro de la espalda;
fogones en la lengua;
lumbres en los muslos;
hogueras en las caderas.
Trinos de sirena, 
alaridos de doncella,
presagian el estallido, 
cual después del estruendo,
durante el fugaz silencio,
en memoria perpetuo,
retumban sin piedad por su cuello
los latidos de la hembra de ensueño.
Clavel deshojado, Dragón extenuado.

Iluminado por las pecas chispeantes,
contempla sus brasas resplandecer en los espejos del alma;
ungidos sus pétalos por el aliento de la boca mediterránea, 
uncidos sus estambres bajo el yugo del celestial carpelo.
Con sus hojas de Clavel agitadas,
sus labios de Dragón atizados,
el inmutable leal, un Clavel soldado, 
agradecido y en deuda,
queda para siempre, un Dragón guerrero,
a ese corazón soldado.
Clavel enamorado, Dragón postrado.


Tenues silbidos le advierten el fin del aliento.
Mas súbito, un zumbido, 
sin ningún reflejo, exánime se derrumba; 
cuerpo inerte, espíritu herido,
contra la tierra empedrada, 
violento su torso se quebranta.
Clavel magullado, Dragón apaleado.

La lluvia lo resucita
abatido, sangrante y dolorido;
calambres de desaliento enredados
en las misteriosas espinas de la nostalgia. 
Clavel afligido, Dragón compungido.


Como a Odiseo en el suplicio de la ausencia,
acosado por la soledad,
desolado por la distancia,
se le descifran momentos perecidos;
mutilados desde la apatía del ayer, 
a través de la hendija de la espera,
entre la terrible sed que causa la indiferencia
y el mortal e ineluctable descompromiso que causa el olvido.
Clavel menguado, Dragón derribado.


Presenciando en su horizonte un destello de derrota,
atisba sellos de lágrimas con sangre sobre la tierra mojada,
efímeras improntas que otros jamás verán en sus derroteros.
Al saberlo, 
Clavel acongojado, Dragón atribulado,
sintiéndose devenido en 
Clavel marchito, Dragón sin fuego,
sublevado contra el olvido, 
aferrado a la memoria,
amotinado se voltea contra el cielo
y estridente desgarra a la lluvia:
   ``amor total: 
     ¿por qué me desentrañaste? 
     ¿dónde tu luz? 
     ¿dónde tus aguas?
     urjo sangrar en tu sol,
     encenderme en tu mar''.
Clavel secado, Dragón desesperado.


En la oscuridad, el insurrecto con resuello se levanta,
Clavel enceguecido, Dragón adormecido,
la lluvia arrasándole la sangre y las lágrimas,
pero cuando el dejo de esa amalgama evoca al beso,
Clavel fecundo, Dragón despierto,
con ímpetu aliento, añorante se sonríe, 
y absurdo, entre la congoja y el sosiego,
su esperanza,
como Sísifo resignado, 
leve se florece, tenue se enciende,
Clavel naciente, Dragón ascendiente
regresa su andar al confín de su destierro.